Símbolos universales adoptados por sociedades esotéricas (2da Parte)

EL TRONO DE SAN PEDRO.
“Cátedra”, del griego y del latín silla o trono, es la raíz de la palabra catedral, la iglesia oficial de un Obispo donde se sitúa su cátedra y desde la que predica: es por tanto un símbolo de su autoridad para enseñar. Otra palabra para cátedra es “sedes”, de la que procede la palabra “sede”, que es el lugar desde el que el Obispo gobierna su diócesis. La Santa Sede, por ejemplo, es la sede del Obispo de Roma, el Papa.
La cátedra de Pedro, que durante siglos se pensó era la silla episcopal de San Pedro y se encuentra actualmente custodiada en el Altar de la Cátedra en la Basílica de San Pedro, es el trono que Carlos el Calvo, nieto del Emperador Carlomagno, regaló al Papa Juan VIII el día de Navidad del año 875, cuando el Pontífice le coronó emperador. En 1666 la cátedra se instaló encima de un altar, en el ábside de la basílica vaticana, conforme al proyecto de Bernini.
Según la tradición, era una silla doble, de la que algunas partes se remontaban a los primeros tiempos del cristianismo y al primer Papa, San Pedro. Sin embargo, los estudios efectuados durante su restauración entre 1968 y 1974, cuando fue extraída de su nicho en el altar de Bernini, revelaron que era una silla única, en su mayor parte de acacia, cuyas partes más antiguas databan del siglo VI. Lo que parecía ser una segunda silla era una cubierta que servía para proteger el trono y llevarlo en procesión.
EL GALLO.
El Gallo de San Pedro de Tejada ( Burgos)
“¿Quién infundió la sabiduría al ibis, y dio al gallo inteligencia?, Job, 38,36.
En el libro de Job se señala que a dos aves se les ha dispensado la facultad de previsión: al ibis, que anuncia las crecientes en el Nilo y al gallo, el nacimiento del día. Son por tanto símbolo de la inteligencia venida de Dios.
En la Grecia clásica, por un lado se inmolaba el gallo a Aslepios (Esculapio), dios de la medicina, para obtener la salud y vencer la enfermedad y por el otro estaba consagrado a los dioses solares y lunares por lo que Pitágoras en Los versos de oro recomendaba: “Alimentad al gallo y no lo inmoléis, pues está consagrado al sol y la luna”.
Con otro destino, el gallo era también sacrificado entre los helenos: como psicopompo, para anunciar una muerte en el otro mundo y conducir allí al alma de un difunto. Así lo hace Sócrates antes de morir y le pide a Critón sacrifique un gallo a Aslepios. Este papel de psicopompo es también el que lo liga a Hermes (Mercurio), el mensajero que recorre los tres niveles del Cosmos, desde los infiernos al Cielo. Y también entre los antiguos germanos, fue un animal funerario sacrificado al igual que el perro y el caballo.
En la Grecia moderna por otra parte es costumbre matar un gallo, un carnero o una oveja y dejar que su sangre corra sobre la piedra angular, bajo la que luego se entierra al animal con el objeto de conferir al edificio solidez y estabilidad.
Mahoma, al parecer prohibía la maldición del gallo desde que es el animal que llama a la primer oración matutina. Más aún, decía: ” El Gallo blanco es mi amigo; es el enemigo del enemigo de Dios”. Presume que su canto indica la presencia del ángel.
Por otra parte, en la leyenda, a Mahoma una noche se le aparece el Angel Gabriel, lo despierta y abriéndole desde el cuello a la cintura, le sacó el corazón y lo lavó; volvió luego a colocarlo en su pecho, llenando así su alma de fe y sabiduría. En ese estado de pureza Mahoma monta una fabulosa criatura, la yegua Buraq, que tiene cara de mujer y es capaz de recorrer de un solo salto una distancia tan grande como la que alcanza la vista. Así encuentran el gallo blanco que sostiene con la cabeza el trono de Alá, mientras sus patas descansan en tierra.
El gallo ha sido universalmente asociado a la salida del sol, al que anuncia, por lo que su simbología es preferentemente solar. El canto del Gallo expulsa a las tinieblas, hace que salga el sol. “En la Tierra no hay nada más solar que el gallo” (Proclus). Referencia a la virtud de anunciar el día es lo que ha dado nombre a que a la misa de medianoche de nochebuena se la llame Misa de Gallo. De paso diremos que la primer Misa de Gallo de Occidente tuvo lugar en Roma, probablemente en el Siglo VI.
En el Cristianismo ha sido tomado como el anuncio de la venida de la luz (Cristo), por lo que en ocasiones representó a San Juan Bautista. Es así uno de los tres animales emblema de Cristo, junto con el águila y el cordero, pero el gallo transmite especialmente su simbolismo solar: luz y resurrección. Este especial sentido llevó en la Edad Media a ser cabeza de las veletas que señalan la dirección del viento y están por encima de las Iglesias y Catedrales, lo que representa la supremacía de lo espiritual sobre lo material, el origen celeste de la salvación.
En Extremo Oriente tiene también un papel benéfico. Representa las cinco virtudes: civiles (la cresta lo asimila a un mandarín), militares (tiene espolones), valor (por su comportamiento en combate), bondad (llama a comer y comparte su alimento con las gallinas) y la confianza (la seguridad de que tras su canto vendrá el alba).
Incorporado a la simbología gnóstica, y presente en el abraxas, sello que fuera templario, acompaña por otra parte muy frecuentemente a San Pedro en la iconografía. Como se sabe en el abraxas sobre un cuerpo humano se insertan dos animales, de simbolismo complementarios: el gallo y la serpiente. Compuesto sobre una apariencia humana de torso desnudo y delantal ceñido a la cintura, en la mano derecha porta un escudo redondo y en la izquierda una especie de látigo. Tiene la cabeza de gallo y las piernas formadas por serpientes que terminan en cabezas alzadas. El gallo encarna al iluminado que renace con la luz y la serpiente la sabiduría ancestral que perdura gracias a sus poderes para mudar o metamorfosearse.
LA VENERA O CONCHA DEL PEREGRINO.
Todas las peregrinaciones, sin excepción, poseían toda clase de objetos y atributos característicos, recuerdos de las mismas, en muchos casos objetos santos o santificados. A veces eran piedras de los edificios santos, piedras de las tumbas, agua del Jordán, aceite de las lámparas que ardieron ante sus altares, velas quemadas ante la tumba de Cristo, limaduras de hierro de las cadenas de San Pedro, etc.
La peregrinación a Santiago durante los siglos XI y XII posee enseñas propias, entre las que sobresale el uso de veneras o conchas como gran atributo jacobeo. Son conchas de vieiras del tipo Pectem Maximus L., que se pueden encontrar desde Madeira hasta Noruega. El uso de tal motivo fue tan pródigo en el peregrino jacobeo, que no solo tenía la presumible funcionalidad de ayudarse con ella para beber, sino que formaba parte de su indumentaria decorativa en el traje de romero, en la esclavina, en el sombrero.Incluso comprada como regalo se podían encontrar en plomo, hueso, marfil y metales preciosos, que se vendían en mercado floreciente en la puerta de Azabachería.
La venera parece que ya había sido anteriormente utilizada en ofrendas mortuorias en ritos prehistóricos, y en la antigüedad era considerada como símbolo del amor, atribuyéndosele efectos afrodisíacos. También están esculpidas en los sarcófagos de los primeros cristianos de las iglesias coptas, recomendadas también en brujería contra el mal de ojo, mala suerte, enfermedades, etc. Pero no figuran en ningún caso asociados a la iconografía cristiana antes del culto a Santiago, y cuya aplicación al mismo está sin una clara explicación.
El mito de que los peregrinos se acercaban a las playas para recoger tales enseñas para regresar después a sus países con la demostración de haber realzado la peregrinación es falso, por cuanto la venta de estos objetos fue fruto de un ascendiente negocio en la ciudad de Santiago, en la puerta de Azabachería, de tal modo que tuvo que ser regulado contractualmente por la iglesia que se queda con el 33% del negocio, y la venta fuera de la villa estaba prohibida bajo excomunión. La venera indicaba fundamentalmente la peregrinación a Santiago, pero por extensión se adjudicó a todo tipo de peregrinación, y por consiguiente era objeto de devoción local en otros santuarios, generalmente cerca del mar, como en Francia en el santuario de Saint-Michel, donde la efigie del santo ha de aparecer grabada en las representaciones de plomo, como lo hacía el Santiago matamoros en las de Compostela.
El estudio de las veneras naturales descubiertas en las excavaciones nos informa de la extensión e importancia del culto a Santiago a través de Europa y sus caminos, de las rutas de peregrinación, de los hábitos funerarios, de la evolución de los vestidos con que se enterraban los peregrinos, de las supersticiones, de las prácticas de la medicina popular, y otros muchos desarrollos de minuciosa atención. La mayoría de las veneras que aparecen en las tumbas no pueden ser consideradas como ofrendas mortuorias, aunque después de la Edad Media y hasta el siglo XVIII formaban parte del traje del peregrino enterrado con ellas. Se encuentran estas tumbas fundamentalmente fuera de España, sobre todo en Francia, en las rutas principales, pero también en las secundarias o de acceso, formalizando de ese modo el Camino a través de sus enseñas. Hay restos en el Schleswig alemán, en Amsterdam, en Breslau, en Ginebra, en Londres, en Lyon, en Malinas, en Salisbury. Los ejemplos de enseñas más antiguas en el subsuelo se encuentran en la segunda mitad del siglo XII extendiéndose por los países citados en los siglos en los que la peregrinación era más numerosa e importante.
El significado de la venera en el transcurso de los siglos y de los caminos pasó a ser el signo de reconocimiento de peregrinación y dificultad, por lo que al portante de las mismas se le ofrecía ayuda en la consideración de su esfuerzo y santificación para sobrellevar las fatigas y peligros, siendo a la vez beneficiarios de las obras de caridad que ofrecían las instituciones hospitalarias, las cofradías y otras gentes que en ellos reconocían al peregrino y a Cristo, como era el indicativo evangélico extendido en esa época, y a lo que nos hemos referido en semanas anteriores.
Podemos así concluir que la venera es el signo por excelencia de la peregrinación jacobea, pero que en ningún caso nació como signo telúrico en el Camino, aunque si fue donde más importancia y desarrollo tuvo.
VARIETUR DEL NE.
”No debe ser alterado”. A veces, un notario público después de autentificar un documento, puede escribir estas palabras. Ne Varietur.
Ne varietur, se trata de una locución latina que significa: “Para que nada sea cambiado”; usada para indicar reproducción muy fiel.
Por consiguiente, ne varietur es la “firma modelo”, o sea, aquella que no será cambiada, pues, una vez puesta en documento masónico oficial, servirá de base para una posterior verificación de autenticidad.
LA LETRA A.
Para los alquimistas la letra A designa la piedra filosofal, y para los Cabalistas el simbolo del hombre como señor de la Tierra.
Para el cristianismo simboliza la eternidad de Dios (Principio y Fin de todas las cosas) y ya asi esta expresado en la Biblia: “Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin, dice el Señor Dios, el que es, el que era y el que viene, el Omnipotente” (Apocalipsis1:8).
La A es la primera letra del alfabeto masonico, que se representa por el angulo recto o por la escuadra, con el angulo en el lado derecho de la horizontal y en la parte inferior de la perpendicular.
Su valor numerico es 1 y con sus dos yods y el nexo muestra la unidad como origen de toda dualidad y sintesis del ternario.La A es simbolo de potencia, de estabilidad, y su figura geometrica, como mayuscula del alfabeto griego, es la base del nivel de la plomada.
CORAZON.
El símbolo del corazón es análogo al del centro. Así como el centro se expande manifestándose, conformando un espacio, y se contrae hasta la inmanifestación, este mismo movimiento que a un nivel aparece como sucesivo siendo en realidad simultáneo, es el que ejemplifica el corazón con su sístole y diástole. En la primera fase el corazón es receptáculo, copa, en la segunda es proyección, los efluvios que recibe en la oscuridad de su caverna, se reparten en generosidad vivificante.
Aunque el punto de vista moderno se limite a considerar el corazón como sede de los sentimientos, en contraposición y por debajo del cerebro, sede de una inteligencia racional, todas las tradiciones unánimemente localizan en él una inteligencia intuitiva y sintética en contraposición y por encima de una razón analítica y discursiva que se localiza en el cerebro.
ESPEJO.
El espejo, refleja o representa lo que se pone ante él. Aquello que retrata el espejo es solamente su apariencia, una imagen transitoria del ser individual sometida a las leyes del devenir, una ilusión cambiante y contingente, y por tanto, todo aquello con lo cual no debe identificarse, ni reconocer como el fin del proceso, pues de ser así se quedaría atrapado en la rueda de la vida y perdería la posibilidad de la verdadera realización metafísica, la cual está más allá de la naturaleza y cuya aprehensión excede las facultades humanas.
El mayor error y más grande enemigo del iniciado es identificarse con los aspectos puramente formales y cambiantes del ser individual, en lugar de verlos como simples destellos o reflejos transitorios del Ser Universal.
PIEDRA.
El simbolismo de las piedras -y los metales, el reino mineral- es riquísimo en significados, ya que ellas son consideradas por todas las tradiciones como la expresión terrestre de las energías celestes. Su antigüedad evoca lo remoto, lo más cercano al principio; son significativas sus variadísimas formas, colores, tamaños y atributos; y los diversos grados de pureza que adquieren (que van desde la piedra común hasta las piedras preciosas y el diamante) sirven de símbolo de las jerarquías que se expresan en toda la cosmogonía y que se hacen patentes en los grados de la iniciación. Ya en las tradiciones más arcaicas las piedras sirven de altar, y son múltiples los ejemplos que podemos hallar, en muy distintas culturas, de ciertas piedras que simbolizan el lugar de residencia de los dioses. Se las ha utilizado como símbolo del Centro del mundo; también como talismanes, como amuletos, como oráculos (tal el omphalos griego), y es común que a determinadas piedras se les atribuyan propiedades sobrenaturales y curativas.
En el simbolismo constructivo la piedra juega un papel muy importante, ya que los masones operativos eran trabajadores de las canteras, talladores y forjadores de templos que eran construidos en piedra. Si bien es cierto que la construcción en piedra es símbolo de la solidificación y sedentarización de un pueblo que ha sido previamente nómada, y por lo tanto representa un grado de alejamiento del Centro primordial, también lo es que los templos que ha construido la Masonería Operativa han servido para representar ese mismo Centro, que de ese modo ha permanecido accesible a los que realmente han podido ingresar en él y comprender su significado.
LA PUERTA.
Asimismo, el “pasaje” de un mundo a otro se representa con el símbolo de la puerta, al que se asocia el de las llaves o claves que la simbólica proporciona, sin las cuales muy difícilmente ésta puede ser abierta.
La puerta del templo es ese umbral a que nos hemos referido que separa al mundo ordinario y profano del espacio sagrado y significativo. También es conocido el simbolismo de las puertas solsticiales visible en los signos zodiacales de Cáncer –llamado “puerta de los hombres”– y de Capricornio –o “puerta de los dioses”–. Se dice que por la primera pasan las almas que no habiendo sido purificadas han de regresar a otro estado del ser, y que por la segunda –que es la “puerta estrecha” del Evangelio cristiano– atraviesan únicamente las energías más sutiles y esenciales de las almas que se han fundido con el espíritu único al completar el ciclo de la transmutación.
LA CRUZ.
Una figura geométrica de particular importancia es la de la línea recta, que en sus modalidades horizontal y vertical conforma el símbolo de la cruz, presente también de modo unánime en las tradiciones antiguas.
La línea horizontal representa a la materia y a la tierra, y al estado individual del hombre a partir del cual emprende su realización; el eje vertical se refiere al espíritu y al cielo, y también a las jerarquías del ser universal en sus múltiples grados, que el individuo escala en el camino del conocimiento.
La primera nos da una visión del tiempo ordinario y sucesivo que transcurre en una sola dimensión plana y limitada; la segunda expresa al tiempo absoluto y siempre presente y su energía nos conduce hacia otras dimensiones del tiempo y el espacio.
La unión de estas dos líneas genera por una parte el símbolo de la escuadra, y por la otra el de la cruz. La cruz –junto con el cuadrado–, describe precisamente la ley del cuaternario que regula la creación universal. Con ella se simbolizan las cuatro direcciones del espacio con las que se unen simbólicamente las cuatro estaciones o fases del tiempo, pues cuatro son las partes del día, las fases de la luna, las estaciones del año, los períodos de la vida del hombre, y las edades de la humanidad dentro de un ciclo humano de existencia.
En la astronomía se divide al zodíaco, por medio de una cruz, en cuatro partes iguales cuyos extremos señalan a los signos de Capricornio y Cáncer, de Aries y Libra, que marcan los dos solsticios y los dos equinoccios; en él veían los antiguos conceptos temporales e inscribían tanto los ciclos cósmicos como los planetarios, solares (anuales) y diarios. Y también existen antiguas representaciones del zodíaco inscrito en un cuadrado, simbolizando en este caso ideas espaciales a partir de las cuales los antepasados construían sus ciudades y templos a imagen del universo y de la ciudad celeste.
Al Norte la media noche, la luna nueva, el invierno, el nacimiento y la muerte del día, del año y del hombre y de cualquier ciclo del cosmos, la naturaleza o la historia; al Oriente la mañana, el cuarto creciente, la primavera, la infancia, el crecimiento; al Sur, el medio día, la luna llena, el verano, la juventud o apogeo; y al Occidente la tarde, el cuarto menguante, el otoño, la madurez, el principio de la decadencia que será seguido nuevamente por el Norte, la vejez y la muerte, que dará inicio a otro ciclo o a un nuevo nacimiento, el que es representado también como el punto de unión entre las líneas vertical y horizontal, la quintaesencia o centro inmóvil.
Todo esto nos sugiere la idea de que la cruz puede ser vista realizando un movimiento circular o ROTA, lo cual se representa más claramente con el símbolo de la “cruz gamada” o svástica y también con el de la cruz inscrita dentro de una circunferencia, como en el caso del zodíaco mismo. Estando la cruz relacionada también con el espacio, la tierra y la materia, y la circunferencia con el tiempo, el cielo y el espíritu, este último símbolo –visible en todas las culturas– representa la unión perfecta de la escuadra y el compás con la que se realiza la misteriosa cuadratura del círculo o circulatura del cuadrado, donde el tiempo y el espacio pasan a ser un eterno aquí y ahora; donde se produce el matrimonio del cielo con la tierra y la unión indisoluble del espíritu y la materia.
Son numerosísimas las representaciones simbólicas del cuaternario, que no viene al caso describir en un trabajo introductorio; sólo agreguemos que la conocida ley de la Tetraktys pitagórica, que se resume en la fórmula 1 + 2 + 3 + 4 = 10 = 1 + 0 = 1, ó 10 = 1 + 2 + 3 + 4, nos habla de esta unión y también de la relación de la cruz con el símbolo de la rueda, del que entraremos a hablar a continuación.

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